De cómo todos nos volvimos sospechosos


Si Descartes hubiera sido mexicano, su célebre “Pienso, luego existo”, tendría que haber mutado a un “Sospecho, luego existo”.

No me refiero precisamente a esa virtud femenina de desconfiar de cualquier historia que les transmitimos, donde parece que nos piden coordenadas y coartadas a cada instante, hurgando en nuestros registros de memoria para ver si cada cuento que desarrollamos tiene sustento en el tiempo y el espacio (sobra decir que casi siempre ganan, pero ese es otro asunto).

El tema es más profundo: México es el país de la suspicacia, donde todos somos sospechosos y, al tiempo, sospechamos de todo y de todos. La mula no era arisca: en una nación tejida históricamente a través de constantes traiciones, el deporte nacional se llama “piensa mal y acertarás”.

Lo mismo aplica a helicópteros o aviones que se desploman accidentalmente con secretarios de Gobernación como pasajeros que a todo tipo de contratos de obra pública, selección de candidatos a puestos políticos, enriquecimiento de empresarios, elecciones, concentraciones masivas de gente y demás temas de un popurrí amplio en donde puede intervenir alguna mano negra.

Si acaso funcionamos en medio de una escenografía de sospechosismo, es porque tenemos una memoria de muy corto alcance. Pasamos de un asunto a otro sin cerrar el anterior. Así, para cuando estas líneas vean la luz, ya habrá decenas de acontecimientos más que habrán puesto carpetazo al interés ciudadano por esclarecer el terrible incidente en el que José Francisco Blake Mora y siete personas más perdieron la vida. De cualquier modo, habrán alcanzado los titulares las candidaturas a la Presidencia por parte de los distintos partidos políticos, habrá habido tragedias lamentables en Sinaloa y en Jalisco y la selección mexicana de futbol habrá ganado algún relevantísimo juego amistoso. Y ya.

Es paradójico. En una país donde todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario, al final nadie es culpable de nada, sobre todo si entra en escena algún apellido notable ligado al poder, de una manera u otra. Si para el ciudadano de a pie el vía crucis cotidiano se encuentra bien reflejado en un documento como el de Presunto Culpable, no aplica así para los Jonás Larrazábal ni los Jorge Hank Rhon, para quienes sí se aplica la máxima de la civilidad democrática de la presunta inocencia hasta que se demuestre lo contrario.

Somos un desastre, pues. ¿De qué otro modo podríamos obsequiar a la maestra Elba Esther Gordillo la educación de nuestros hijos, vía el secuestro vitalicio del sindicato magisterial? ¿De qué otra manera admitiríamos los excesos de un sistema que no ofrece ningún incentivo a la transparencia y rendición de cuentas?

Da lo mismo. Si acaso expresamos en voz alta dudas razonables sobre la hipótesis de dos accidentes que le cuestan la vida a dos secretarios de Gobernación en el mismo sexenio, nos volvemos unos especuladores irresponsables. En realidad, dicen, debemos esperar el veredicto oficial (como si alguna vez fuera a llegar) para admitirlo como verdad. A fin de cuentas, en un momentito se nos olvida.

En esas estamos, dando vueltas en círculo. Cuando miramos a México con autocrítica, esa es la verdad descarnada: giramos en nuestro propio eje. Suspicaces y sospechosos a la vez, nos quedamos imantados. Y ya no vamos a ningún lado.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s