Carta abierta a las mujeres


Esta carta, por razones obvias, lleva un tono de súplica. En muchas ocasiones, en este mismo espacio, hemos insistido en la diferencia de códigos que tenemos hombres y mujeres. Como desde el inicio, los muy masculinos editores de esta publicación le pidieron a este humilde escribano que derramara tinta a la defensa de nuestro vilipendiado género.

Influido, quizá, por los calores de la primavera, pongo sobre la mesa esta modesta carta abierta a las mujeres, en forma de convocatoria abierta para que nuestros participativos lectores añadan los muchos puntos que, por razones de espacio –y de timidez-, han quedado fuera de esta página. Asimismo, favor de transmitirla con amigas, novias y esposas con el fin de debatir respetuosamente los puntos. En una de esas logramos algo de éxito.

Si les parece que somos básicos y primitivos, es porque en realidad tenemos el alma de un niño.

Si no podemos participar en varias conversaciones simultáneas, es porque somos respetuosos de nuestra contraparte en una charla, incluyéndolas a ustedes.

No finjan los orgasmos. Lo sé: este es un viaje adagio. Pero conviene que sepan que, aunque no digamos nada, nos damos cuenta. Y nos duele.

Ya entendimos, desde hace mucho tiempo, la correlación directa del dolor de cabeza con “ponte el boxer de regreso”.

No sólo pensamos en sexo y en alcohol. Ese es un mito terriblemente reduccionista. Que no tengamos un crush con los zapatos no significa que en nuestro radar mental no figuren el deporte, la comida, los gadgets, el arte, los libros, la política, la economía, los negocios y una larga –muy larga- lista de etcéteras. Lo cual no quita que, en efecto, al final los tragos y el sexo vuelvan a aparecer como el epicentro de nuestro cerebro.

Sonrían. Lo más posible. Ustedes no se imaginan el poder que tiene su sonrisa.

No se cuenten tantas historias con aquello de que nunca preguntamos por dónde llegar a un sitio cuando manejamos porque somos machos alfa controladores. Simplemente nos da pereza pararnos a preguntar.

De todos modos puede ser que sí seamos muchas veces machos alfa controladores.

Nuestra afición al arsenal de aparatos electrónicos es un mecanismo emocional de sustitución de nuestros juguetes de la infancia.

Sabemos que se visten y se pintan para impresionar a otras mujeres. A nosotros también nos impresionan.

Ni bisturí ni botox. Se pueden ahorrar muchos dolores y dinero si entienden que apreciamos las pequeñas imperfecciones con que la naturaleza las dotó. La belleza la tienen intrínseca. Digo, a menos que quieran seducir al Chapo Guzmán.

Cuando las invitamos a cenar y piden un plato de lechuga, ya no se nos antoja volverlas a invitar.

No nos interesa participar en la descalificación de otras mujeres. En todo caso, le entramos gustosos a la descalificación de otros hombres.

Las faldas cortas siempre son bienvenidas. Se ven muy lindas así. Y es otro modo de sonreír.

Somos sustancialmente fáciles de convencer. Ustedes ya saben cómo.

La emoción escandalosa que podemos transmitir durante una justa deportiva es porque llevamos un héroe adentro que se quedó tristemente encerrado.

Si no les damos muestras de afecto acordes con sus expectativas es porque no las queremos abrumar.

Y si las elogiamos y lanzamos piropos no significa que nos queremos acostar con ustedes. Bueno, a veces sí.

Un comentario sobre “Carta abierta a las mujeres

  1. Que emocion y que hermosura encontrar este escrito. Soy una defensora de la igualdad de sexos, cada uno con sus fuerzas, poderes y energias, y encontrar que hay hombres que reconocen eso y que son capaces de hablar de ellos y de deirnos lo que realmente pasa en sus corazones, es fascinante. Que maravilla, gracias.

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