Breve defensa del hombre común


Según las mujeres, los hombres no somos más que costales ambulantes con el cerebro colgado entre las extremidades. Nos profanan con una cantaleta que, a fuerza de repetirse como mantra irreflexivo, va perdiendo su efectividad: “Todos son iguales”.

Como si fuese cierto que tenemos sólo cinco botones corporales que disparan nuestras emociones: el alcohol en cualquiera de sus combinaciones dentro de un vaso, un Lamborghini gallardo amarillo, un bife de chorizo de 500 gramos, un partido de futbol de liga europea y una rusa de 24 años con carita de ángel.

Falso. No es que lo anterior no nos entusiasme (todo eso junto podría definirse como la mismísima antesala del paraíso), pero somos bastante menos primitivos de lo que ellas creen. Jugamos, más bien, con nuestros instintos más básicos para pasar por el mundo como seres con alma de niño en este peregrinaje odipeano que es la vida, en búsqueda del apapacho. Somos como somos por obra y culpa de una necesidad inagotable de afecto.

De verdad. Nuestro primitivismo tiene que ver con la esencia más pura de los animales: por más bestias que parezcamos (unos más que otros, definitivamente), somos dóciles, adaptables y domesticables, cual perritos de Pavlov o hamsters en su laberinto. Si no fuera así, ¿de qué otro modo podría explicarse que nos desvivimos en el afán de hacer felices a las mujeres? Una y otra vez, de todas las maneras imaginables, intentamos hacerlas dichosas, como payasos de carpa que se dedican a arrancar sonrisas a su público. Y ahí está el meollo de la trama (y de nuestro trauma): nuestra vida, cargada de brutal ingenuidad, es una misión imposible.

Sobre la madre de todos nuestros fracasos descansa, precisamente, la afición desmedida a asuntos que nos exigen menos esfuerzo y más recompensa. La alianza con el control remoto es, por ejemplo, un combate contra la fatiga. A final de cuentas, ese divino artefacto no se queja jamás y responde felizmente a nuestra voluntad.

Por eso nos justan los juguetes. Por eso podemos, a la edad que sea, volvernos locos con la Blackberry o con el iPhone, pasar horas sumergidos en los videojuegos, originar un largo debate sobre marcas de coche que ni siquiera vamos a poder comprar, discutir sobre la calidad de los vinos mexicanos, descuartizar entrenadores de futbol, dar el premio mayor a Scarlett Johansen, a Keira Knightley, a Charlize Theron o, en un brote de nacionalismo, a Ana Claudia Talancón o a Claudia Ramírez. Todo tiene que ver con el espejismo del libre albedrío, la fantasía de hacer lo que nos venga en gana a la hora que más nos acomode, sin agenda previa.

Uy. Si alguna mujer se coló como lectora de estas líneas, dirá en este momento que el autor no es más que un machista incurable, nostálgico y sometido. No importa: esta columna no va dirigida a ellas. Pretende ser un gesto solidario con el incomprendido género masculino, porque lo que sí es claro en el amanecer del siglo XXI es que los hombres hemos perdido nuestros foros de defensa, bajo el argumento –femenino, por supuesto- de la discriminación. ¿Y nosotros, qué?

Por eso festejo, con ánimo fiestero, la llegada de Esquire a México. Y celebro la valentía de sus editores de invitarme a inaugurar este espacio, donde practicaremos nuestro verdadero deporte favorito, ese que nos une como ningún otro: hablar sobre ellas, sin que ellas estén presentes.

Bienvenidos al mundo del cotilleo masculino.

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