Back to the basics


Ya nos pasamos de la raya: ellas y nosotros. Y como no tengo ningún compromiso democrático en estas líneas, creo que la responsabilidad principal (como casi siempre) es de las mujeres.

Me refiero básicamente a la pérdida paulatina del arte de la seducción, traducido en el déficit de caballeros seductores que a estas alturas de la historia recurren a los viejos trucos tradicionales para llevar a cabo una conquista. O para mantener viva la técnica a lo largo de una relación estable.

Es hora de volver a los cimientos. Obsesión continua en este espacio, sí, es ya urgente dejar de tergiversar las equidades de género y oprimir el botón del back to the basics para devolverle algunos adjetivos rosas al juego del cortejo. Dejémonos de payasadas anglosajonas y reivindiquemos nuestro ADN latino: abramos la puerta, mandemos flores, organicemos serenatas, paguemos la cuenta, leamos poemas, dediquemos canciones.

Pero sean justas, de verdad, con el fin último de nuestras pretensiones: nos arrancamos el corazón y lo ponemos en la palma de nuestra mano para entregárselos, porque nos queremos declarar partidarios de las ilusiones a largo plazo, de los juramentos de amor eterno, del deseo de morir al lado de alguien. Aunque de pronto parece que nos gana la prisa por meternos debajo de sus cobijas, entiendan que nosotros, los caballeros reivindicadores del honor, estamos dispuestos a dejar a un lado nuestros gadgets por la noche y a ya no bebernos ese último trago, a cambio de un gesto amoroso. Podemos ser capaces de acompañarles a ver una comedia romántica, a contestarles diez veces la misma pregunta y a acompañarles con paciencia jobiana a un shopping tour a cambio de una sincera mirada llena de ternura.

Así somos de facilotes cuando nos ataca el virus del amor. Pero ellas, muchas veces, siguen creyendo que no tenemos capacidad de concentración y que escapamos a la primera señal de que ya estamos echando raíces. Si ellas buscan frenéticamente a su príncipe azul, ¿por qué nosotros no tenemos derecho de encontrar a nuestra princesa rosa? ¿Quién les ha dado la prerrogativa del romanticismo?

Dejemos ya a un lado tanto juicio facilón. Que no nos sumen más debilidades al gran arsenal con el que ya fuimos equipados. Insisto: también nosotros necesitamos un poquito de comprensión. De mimos y apapachos. Que se nos haga un poco de justicia.

Ahora, a toda acción corresponde una reacción. Nuestra generosidad merece ser compensada con algunos privilegios. El que más nos gusta: una estadía garantizada en la tierra prometida. Es lo menos que nos merecemos.

 

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