Anacronismo delatador


La edad es un estado relativo. Aunque llega ese momento en la vida en que, por ejemplo, en el Starbucks de enfrente de la Ibero vemos a las chicas que ordenan su café como hijas y no como posible botín, la aparición de algunas canas junto con la desaparición de algunos cabellos no es trágico.

De verdad. No es un fraseo de autoconvencimiento para no admitir la derrota del paso del tiempo. Es un análisis fino sustentado en datos empíricos. Envejecer es un proceso natural del que no escapa nadie. La tragedia es perder vigencia.

No hay nada más triste que atestiguar la decadencia de aquellos nostálgicos anacrónicos que pretenden navegar con ínfulas de gente cool y sólo causan lo que algunas amigas denominan, en necesario diminutivo, “penita”.

Más allá de mantener la vestimenta ochentera y otros símbolos que delatan el anacronismo, lo más grave está incluido en su vocabulario. Estos personajes son capaces de pedir un jaibol (de verdad) en un bar, sin caer en cuenta que ya ni siquiera los meseros conocen la palabra, de uso común en la época de nuestros abuelos. Tampoco sorprende si se refieren a las drogas como estupefacientes.

De verdad, en el mejor afán, hay palabras que deben estar prohibidas si uno pretende mantenerse en el radar de la modernidad. Nada de referirse a uno mismo, jamás, por ejemplo, como adulto contemporáneo. Si aún se escucha Radio Universal, favor de mantenerlo bien calladito.

Aplica la mismo, por supuesto, a la selección y recomendación de lugares: hoteles, restaurantes, antros. Concediendo que siempre habrá hombres “clásicos”, es imperativo no confundir el gusto por ciertas cosas inmortales (el caviar, la champán, el foie gras, la Brasserie Lipp de París, el Balthazar de Nueva York, el San Angel Inn de la Ciudad de México y el Baby O de Acapulco) por el fervor por tragos y sitios como si aún fueran el último gran grito de moda. No, la cosa no va así, pues. El Champs Elysees y el Prendes ya no existen, de verdad. El Buddha Bar ya no es el sitio para ver y ser visto. Los aplausos y los pasitos travoltianos no son bienvenidos en los antros. El brandy no es el drink de la actualidad. El Magic del Toreo tiene tiempo que cerró (de hecho, ya no existe el Toreo). Existen más restaurantes en Madrid además de Casa Lucio. Les Moustaches no es el francesito al que todos estamos yendo en el 2012. No llevamos un peine en el saco. Tampoco un pañuelo. No vamos con guayabera a la oficina. Ni con traje de lino beige. Ya no nos dirigimos al amigo como “carnal” (“compadre” es aún vigente). Las mujeres no son “viejas” (estrictamente vetado ese machista-anacrónico-repulsivo “mira la nalguita que traigo”). Village People no fue la última banda que nos hizo bailar, por dios. El alcohol escurre mejor desde la misma botella al vaso que desde una licorera de cristal cortado.

Por supuesto, si uno quiere de verdad evadir la falta de vigencia, favor de evitar toda clase de vocablos arcaicos y frases domingueras, en forma y fondo, al estilo del parque jurásico priísta. Si este fuera el caso, quizá ya no haya solución.

Y, por último, si aún queda alguien leyendo algo tan trasnochado como GQ, favor de navegar más por las páginas de Esquire. Es el mejor antídoto contra el anacronismo delatador.

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