Ventanilla 18


Sí, también el mundo corporativo tiene plagas de burócratas empeñados en complicar lo más posible las decisiones de los demás.
Una torta de tamal y un champurrado humeante en la oficina de recaudación a las 10 de la mañana. Un ejército de ges- tores (autonombrados “facilitadores”) a las afueras de las oficinas de tránsito. Fotocopias de documentos más difíciles de tener en los archivos hogareños que códices prehispánicos. Contratos que viajan de oficina en oficina con adenda y cláusulas kilométricas. Memorando con copia para involucrados y desentendidos. Minutas con versiones estenográficas de cada frase comentada en una junta de seis horas… Ejemplos de la iconografía de la burocracia en México.
La burocracia es el arte de alejar las soluciones y de pasar la bolita al de al lado. Es como construir réplicas constantes de sofisticados laberintos de setos y complicar la salida. En el desfile de “lo vemos”, “lo peloteamos”, “ya está planchado”, “un par de firmas y ya está”, aparece este ritual, tan común en nuestro país, de ponerle paréntesis, corchetes y llaves hasta a las cosas más sencillas. Y eso nos cuesta una fortuna en tiempo y en dinero.
Quien crea que la cultura burocrática es exclusiva de ofici- nas públicas, vive en el error o no trabaja todavía. Nomás hay que recurrir a las rimbombantemente llamadas “áreas de apoyo” o “áreas de servicio” de las empresas, para cerciorarse de que el mundo corporativo está inundado de gente con la firma iniciativa de complicar lo más posible las decisiones de los demás. Son las plagas de burócratas, que como langostas del antiguo testamento nublan la visión de quienes se empeñan en oprimir el acelerador. Son enemigos declarados del sentido de urgencia (no hagas hoy lo que puedas hacer mañana). Sesudos arquitectos de procesos —mientras más elaborados, mejor— por los que todos deben pasar (¡prohibido tomar atajos!). Eficaces bomberos dispuestos a apagar cualquier llama de creatividad que se encienda a su alrededor. Rehenes de un método analítico que no admite síntesis ni conclusiones. Partidarios de reunirse con miembros de todas las áreas para resolver hasta el asunto más nimio. Verdugos de la innovación y del pensamiento out of the box. Su credo: nada mejor que un trámite sinuoso para educar a los colegas. Su mantra: complico, luego existo.
Se ha extendido tanto la flema burocrática por las corporaciones, que hoy haría falta comenzar a contratar gestores para derribar los muros de la tramitología organizacional. Porque esa es, precisamente, la parte más funesta de la magia de la cultura burocrática: transformar lo simple en complejo implica contratar gente que transforme, de nuevo, lo complejo en simple. Y nadie estará en paz hasta que todos los asistentes de la empresa cuenten con su propio asistente.
Llevemos esta microrrealidad a la macroesfera del país. Sí, duele admitirlo. Nos quedan dos opciones: enviar emisarios que impregnen a China o a Costa Rica de esta cultura de la traba, o nos ponemos de una vez por todas de acuerdo en erradicar estas costosísimas actitudes. Se vale soñar: la ventanilla única es aun más aspiracional que aparecer en las páginas de las revistas de sociales.
EL AUTOR SOSTIENE UNA BATALLA CAMPAL CON EL PEQUEÑO BURÓCRATA QUE TODOS LLEVAMOS DENTRO.

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