¡Sí, señor!


Sí, pero no. No, pero sí. ¿Habrá algún día en que los mexica- nos logremos aprender a decir un rotundo “no”?
Tengo un amigo que estaba firmemente convencido de que el día que se atreviera a decirle que no a su jefe sería despedido. No le importaba estar en desacuerdo con él tan a menudo; prefería concederle siempre la razón con tal de no contrariarlo. Cuál sería su sorpresa cuando, la tarde en que fue descontratado de manera fulminante, su jefe le argumentó que lo último que necesitaba en la compañía era un yes man que a todo le dijera que sí. Créanme que al pobre le costó trabajo (y mucho dinero, gracias a su voraz psicoanalista) reponerse y tratar de entender el punto.
¿Por qué a los mexicanos nos cuesta tanto esfuerzo decir un simple y llano “no”? Pareciera otro de esos síndromes culturales que no logramos hacer un lado y que sólo contri- buyen a enturbiar nuestras relaciones. Ahí está el caso de ese amigo, que perdió la confianza del jefe precisamente por no tener el valor de no estar de acuerdo. Mejor rodear, que enfrentar. Preferible esquivar, que confrontar. Más vale decir aquí corrió, que aquí murió.
Lo más curioso del caso es que el significado del sí no es necesariamente afirmativo. Este vocablo, que en otros lugares del mundo significa justo eso, una directa afirmación, acá se suele combinar de múltiples formas, como “sí, vamos a verlo”, “sí, déjame consultarlo y te llamo”, “sí, suena bastante bien”, “sí, yo te echo un grito”. Así, estas recurrentes muletillas, muy populares en llamadas telefónicas y reuniones de negocios, se transforman en un intento de prórroga que trae consigo el “no me atrevo a decirte que no”. Y van y vienen telefonazos y correos electrónicos de quienes no comparten esa concepción semántica para buscar una respuesta que se diluye en un “sí, ya te dije que sí, pero aguántame tantito”. Se trata del muy mexicano rodeo, pues. Tomemos el camino más largo, porque “me da vergüenza decirte que no, porque no quiero lastimarte y mucho menos quedar mal contigo”. Hay quienes cínicamente le llaman “comprar tiempo”.
Evidentemente, esta simulación de las respuestas, que ahorra compromisos y evade la especificidad, toma sus niveles más folclóricos en las oficinas del sector público, donde mentalidades como las de mi malogrado amigo crecen como frutos en el árbol de la abundancia. En esos lugares el “sí señor” está ya enraizado como un sinónimo rentable de lealtad y respeto absoluto a la autoridad. Lo importante es quedar bien. A fin de cuentas, como entonan los mariachis en su típica e inmortal apertura musical, “a todos les dices sí, pero no les dices cuándo”. Bello (y cruel) himno a la ineficiencia.
EL AUTOR SE HA METIDO VARIAS VECES EN PROBLEMAS POR ATREVERSE A DECIR QUE NO.

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