Neoyuppies vs. bobos, vino incluido


Miércoles. Cena en L’Alsace. Conversación animada en torno a una botella de Gran Cru y una fuente de mariscos. De un la- do de la mesa, un hombre de cabello relamido, traje oscuro Zegna, corbata Hermés, zapatos Ferragamo. Del otro, uno más, sin gel, saco DKNY, sin corbata, sandalias Camper…
Es evidente: el primero sigue patrones establecidos, es clásico-conservador, maneja grandes cantidades de contac- tos (que se traducen siempre en sumas estratosféricas de di- nero), es asiduo visitante del corredor Valle-Vail adonde acude ese grupo compacto al que puede saludar (con propie- dades en ambos destinos), tiene un BMW, juega golf, habla mitad inglés mitad español, palomea los restaurantes de mo- da, no se pierde la nueva temporada de 24 en Fox y lee best- sellers, sobre todo de negocios y de management. Es un ejemplar declarado del ejército de neoyuppies: empresarios o ejecutivos jóvenes, con actitud corporate, adictos a que su éxito se perciba lo más públicamente posible.
El segundo es un cazador de tendencias, es vanguardista- estudiado, maneja grandes cantidades de ideas (que se tradu-cen a veces en algo de dinero), es asiduo visitante de grandes metrópolis y destinos exóticos con efervescente vida cultural (sin propiedades), conduce un Mini Cooper, visita museos, habla español o habla inglés (pero no los mezcla), ama comer en restaurantes con cocina de autor, no se pierde Desperate Housewives en Sony y lee novelas, ensayos y poesía que ni de broma sean best-sellers. Es un miembro activo del clan bohe- mio-burgués (BoBo, por sus siglas en francés): empresarios ejecutivos jóvenes, alérgicos al mundo corporate, adictos a que su estilo se perciba lo más públicamente posible.
La lista de contactos del primero está poblada de apelli- dos con pedigrí, banqueros de inversión y alguno que otro político de la nueva camada (para lo que se ofrezca). La del segundo está repleta de escritores, artistas, cineastas, gente más o menos ordinaria y uno que otro político de cualquier generación (también para lo que se ofrezca).
Pero volvamos a la mesa. Al calor de la segunda botella de vino, como puede suponerse, inicia la discusión política. El neoyuppie está enojado por la marcha atrás al proceso de desafuero: aunque en realidad sea sólo una pose, y no sabe si de verdad lo cree, considera al Peje como un aldeano tabas- queño que sería un peligro como presidente de la República. Preferiría irse de México. El BoBo responde que todo el tema del desafuero no fue más que un artilugio de conspiración que atenta contra la civilidad democrática del país: aunque también sea pose, y duda sobre si de verdad lo cree, sostiene que el Peje tiene suficiente audacia política para conducir al país. Pero también preferiría irse de México. El primero lo asemeja con Hugo Chávez; el segundo lo compara con Lula. Pero, después de un rato, alcanzan otros consensos: Vicente Fox merece un monumento al desencanto y la ineficacia; Ro- berto Madrazo supondría un retroceso a las peores prácticas de la política mexicana; Jorge Castañeda no termina de con- vencer ni a sus parientes; y Santiago Creel, pese a que el abo- lengo le hace ganar un par de puntos, ayudaría a acentuar la parálisis gubernamental de la administración actual.
Ni hablar, los neoyuppies y los BoBos, tan diferentes en- tre sí, comparten la misma situación: son los hijos predilectos del desencanto. Pero siempre hay algún reducto de esperan- za: se ponen de acuerdo para acudir juntos al partido entre el Inter de Milán y el EZLN. Fin de la cena
EL AUTOR SIGUE PRESO DE UN CONFLICTO DE PERSONALIDAD QUE LE IMPIDE SABER EN DÓNDE ESTÁ SU SENTIDO DE PERTENENCIA.

Compendio de columnas publicadas originalmente en las revistas Expansión y Poder.

 

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