Moda Zen


Cada vez es más frecuente encontrarnos con personajes que transpiran tal tranquilidad espiritual que sólo puede ser sospechosa. Nada sería más esperanzador que la paz espiritual que aparentan tener muchas personas en el amanecer del siglo XXI fuera verídica. La verdad es que yo la encuentro bastante ficticia: en estos tiempos de presión desmedida y estrés crónico, la moda zen parece un asunto deliciosamente aspi- racional, pero inalcanzable.
El nuevo ejército de seguidores rigurosos del equilibrio pleno entre cuerpo, mente y espíritu ya está sumergido de lleno en el mundo corporativo. Por lo general, son personas (mujeres en su inmensa mayoría) entre los 30 y los 40 años, que suelen transformar sus espacios de trabajo en pequeños spas. Escuchan música new age con sonidos de la naturaleza (delfines, arroyos, olas del mar y lluvia en el bosque son los más socorridos). Encienden velas aromáticas y varillas de incienso. Tienen en su escritorio vasijas con una extensa variedad de cuarzos. Cuelgan de los techos o mamparas pequeños péndulos de cristal. Tienen un florero con un bambú chino. Y, por supuesto, orientan sus sillas y escritorios hacia deter- minados puntos cardinales para que la energía fluya, siguiendo las mejores prácticas del feng shui.
Estas personas son una rica fusión entre lamas tibetanos y ecologistas citadinos, que sin embargo no han estudiado budismo ni tienen contacto asiduo con la naturaleza. De cualquier modo, ambas omisiones son fáciles de resolver: a falta de tiempo para adentrarse en El Libro Tibetano de los Muertos (demasiado complejo), leen a Deepak Chopra y a Paulo Coehlo; para no li- diar con las inclemencias del tiempo y de los bichos campira- nos, se refugian en hoteles boutique desde donde aspiran los aromas del bosque.
Invierten buena parte de su sueldo en visitar spas, a donde prueban todo tipo de tratamientos para consentir al cuerpo, relajar la mente y enaltecer el alma: aromaterapias, flotarios, cromoterapias, cabinas de oxígeno, musicoterapias, masajes reiki, gabinetes de bronceado y digipunturas para despejar los chakras. Su estilo de vida podría definirse, pues, como el arte de encontrar la simplicidad en la sofisticación: les gusta beber jugos naturales (prefentemente de frutos exóticos), vestir de blanco (sólo manta oaxaqueña tejida a mano), consumir linaza molida (sólo la importada de Canadá) y experimentar con la nouvelle cuisine macrobiótica.
Esta especie de bon vivants-neohippies son, al mismo tiempo, un tanto peligrosos para la eficacia empresarial: su paz espiritual (que evidentemente depende de su paz material) les impide levantar la voz, alterarse y exigir resultados a sus colegas y subordinados. Por supuesto, esperan lo mismo de sus superiores. Las emergencias no van con ellos: enemigos declarados de los bomberazos, rechazan los proyectos que no están debidamente planeados con una anticipación que garantice un trabajo sin demasiada presión. El estrés es un virus mortal que ni el tratamiento más vanguardista del mejor spa del mundo es capaz de combatir. Sin gritos ni prisas, por favor.
Insisto: tanta tranquilidad sólo puede ser sospechosa.
EL AUTOR, AUNQUE ASPIRA A SER UN BON VIVANT-NEOHIPPY, NO LOGRA ENCONTRAR LA ADECUADA DOSIS DE PAZ ESPIRITUAL.

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