McKinsey boys and girls


Hay de consultores a consultores. Y estos chicos dicen ser los sabios más respetados del mundo corporativo.
Ellos ya lo saben todo. Es, al menos, sorprendente: bastan dos años de paso por McKinsey —la madre de todas las firmas de consultoría, dicen ellos— para salir de ahí con una suerte de tatuaje de sabiduría corporativa sin igual.
El problema no es de conocimiento, por supuesto, sino que al ser llevados a otra organización quieren ser tratados como decanos, a pesar de que varios apenas superen los 25 años de edad. A fin de cuentas, ellos interpretan su contratación en otra empresa como el reconocimiento tácito de que nadie ahí sabe más.
Los McKinsey boys (or girls) son, pues, monumentos andantes a la veneración del “conocimiento”. Desde el circuito universitario (en México, estudian en el Tec de Monterrey, aunque prácticamente todos tienen algún vínculo con universidades gringas) reciben las suficientes dosis aspiracionales para estimular su deseo de ingresar a la verdadera (y única) aristócrata del barrio corporativo: “Jóvenes, bienvenidos a darle consultoría al mundo, que tanta falta le hace.”
Pronto, esos jóvenes, emocionados porque la tarjeta de presentación ya dice el nombre mágico, se cercioran de que la membresía tiene sus problemillas: desayunar, comer y cenar en la oficina (si da tiempo, por supuesto), aprender a trabajar los sábados y domingos, invertir más tiempo en los aviones que pilotos y sobrecargos… Pero vale la pena, por-que todo el sufrimiento se compensa cuando en alguna reunión social (si tienen tiempo de acudir a alguna) alguien les pregunta a qué se dedican. Entonces, en voz muy alta, para que todos alrededor escuchen, retumba el “¡McKinsey!”. Énfasis en la K, por supuesto. Y no disimulan la sonrisa al creer que el resto del planeta volteará a mirarlos y dirá: “Wow, he ahí a uno de los últimos filósofos de la eficiencia empresarial que sobreviven.” Tanto baño de conocimiento debe rendir algún fruto, ¿no?
La pelea es con Boston Consulting Group. Sí, las siglas BCG no pueden pronunciarse dentro del santuario mckinseyano. A fin de cuentas, aquellos se dedican a lo mismo, pero tienen la pésima costumbre de ¡pagarle mejor a sus consultores! Vaya desfachatez. Me decía alguien de McKinsey que BCG le hace daño al mercado con esas prácticas “depredatorias”. Ni hablar de otros, porque los otros simplemente no existen. Son aprendices o seguidores.
Como se podrán dar cuenta, la baja autoestima no es un problema en los pasillos de La Firma. Los McKinsey boys (and girls) son adictos a las gotas para los ojos (tan pocas horas de sueño dejan a los globos oculares como huevos estrellados) y a los mejores equipos tecnológicos y de comunicación. Difícilmente se puede entablar una conversación con ellos que no sea de negocios; aún así, por lo regular será un monólogo de pequeños y grandes triunfos personales en la aldea corporativa, con recordatorios constantes de las más espectaculares operaciones que han llevado a cabo en los últimos tres meses. Si se le ve por el lado bueno, estas conversaciones se pueden convertir en cátedras gratuitas que bien vale la pena escuchar. Basta con ver lo que cobra McKinsey por hora para atesorarlas.
EL AUTOR MUERE DE GANAS DE TRABAJAR UN TIEMPECITO EN MCKINSEY PARA ALIVIAR SUS PROBLEMAS DE AUTOESTIMA.

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