Gurús por accidente


De repente, en silencioso bullicio, las ideas de un nuevo profeta comienzan a poblar los escritorios de empresarios y ejecutivos, siempre ávidos de descubrir el hilo negro. Artículos, libros, videos, conferencias y demás medios de transmisión de premisas revolucionarias pasean de un lado a otro en las trincheras del poder.
Son los gurús corporativos: los dioses de la productividad, competitividad, rentabilidad y demás vocablos que terminen en “dad”. Son profetas corporativos, especialistas en jugadas de pizarrón al más puro estilo harvardiano, whartoniano o stanfordiano. Si alguno de los big shots de la constelación internacional de negocios se enamora de sus teoremas, la historia se habrá escrito: habrá nacido un nuevo dios del olimpo empresarial al que todos debemos seguir.
Se trata de modas, por supuesto, casi siempre efímeras. El mercado de las ideas corporativas funciona exactamente igual que el resto de las mercancías: un producto se mantiene bien posicionado hasta que llega otro que lo logra desbancar. Sólo algunos prevalecen, al grado de transformarse en leyen- das. El resto se va, con la misma velocidad con la que llegó. Reinvención constante y reciclaje de conceptos antiguos son la estrategia. Y casi siempre ocurre que los recursos terminan pareciéndose demasiado: revivamos a los filósofos griegos Aristóteles y a Platón, al chino Sun Tzu (El Arte de la Guerra) o el japonés Miyamoto Musashi (el Libro de los cinco anillos de la sabiduría samurai), servidos con aderezos distintos y en dosis simplificadas para provocar efectos. La base de los ingredientes es la misma, pero la venta de las ideas y los términos exigen expresiones memorables: mientras más rimbombantes, mayor éxito. Quien logra tener la puntería para remover las emociones de los fríos y racionales hombres y mujeres de negocios, tendrá sus quince minutos de fama a través de best sellers, consultorías y conferencias (junto con algunos millones de dólares de gratificación).
Así, una y otra vez, nacen y mueren las biblias y los profe- tas del mundo corporativo. El nuevo gurú, surgido casi por accidente, destrona al gurú anterior, que termina durmiendo en los libreros polvosos de los ejecutivos. “No, esas son ideas viejas, ya utilizadas. Necesitamos la magia de las ideas nuevas”, dice el CEO en la sala a los equipos de management. Y de algún lado, milagrosamente, llegarán quienes ahora se hacen llamar “coaches”, ideólogos del empresariado o asesores de lujo. A final de cuentas, los gurús no tienen que encargarse de la acción, sino que profesan sus ideas desde la comodidad de un sillón. “A mí me pagan exclusivamente por pensar. Mi cerebro está valuado en varios millones de dólares”, me declaró alguna vez alguno (argentino, por supuesto).
Por supuesto, todo se trata de un juego de imágenes, bajo la hipótesis de que la percepción es siempre realidad. Quienes mejor practiquen la mercadotecnia del pensamiento, mayores oportunidades tendrán de impresionar al resto del mundo. Las recompensas son suficientemente atractivas como para intentarlo.

EL AUTOR, POR MÁS QUE LO INTENTA, NO LOGRA SER GURÚ NI PARA SUS PROPIOS HIJOS.

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