El secreto placer de insultar


Insultar a la gente es un arte que implica un enorme esfuerzo mental. Las críticas viscerales y estallidos de cólera no aplican. ¿Por qué en México somos tan tímidos con los insultos? Será ese fanatismo a la circunferencia del lenguaje, quizá, porque de tanto rodeo uno se pierde en el camino y ya no es posible desentrañar cuál es el verdadero hilo argumental con el que se pretende descalificar al otro. Seguir la conversación de un mexicano rollero (o sea, casi todos) exige mantener alertas todos los sentidos, sobre todo cuando alguien practica el común deporte de insultar al otro. La cuestión es que somos demasiado básicos e insultar a la gente (los políticos son el blanco más visible, porque no dejan otra ruta) es, en realidad, un arte que implica un verda- dero esfuerzo mental. Un buen insulto abre espacio a la lec- tura entre líneas, que es justo donde se deposita la fiereza con la que se ataca a otra persona. Por ejemplo, leía en la revista Esquire (septiembre, 2004) una pequeña entrevista a Steve Brodner, un caricaturista prestigiado que lleva más de tres décadas destazando con sus trazos y colores a toda la élite de Washington. Le pidieron describir los rostros de algunos presidentes. Sobre Clinton, dijo: “Tiene una cara grande y expansiva, con mucho de bienes raíces, por decir algo. Este es un hombre de excesos.” Sobre el favoritísimo Bush, señaló: “Su cara es realmente la de un pepino deshidratado. Todo lo que tienes que hacer es trazar dos líneas paralelas y llenar el resto.” Ahí está la belleza del insulto: no concede indulto. Por supuesto, el trabajo de los caricaturistas mexicanos está a la altura, aunque siempre enfocado a los líderes políticos, que solitos se entregan a la reprimenda humorística.
El problema estriba en que en otras esferas pecamos de excesiva solemnidad. El mejor ejemplo es, como casi siempre, el muy acartonado mundo corporativo. Nadie habla mal de nadie, porque nadie quiere quedar mal con nadie. Qué aburrida es la ausencia de personajes como Donald Trump o Steve Jobs. Quizá por eso algunos festejen la falta de calceti- nes de Jorge Vergara o la elocuencia sin pelos en la lengua de Carlos Slim. Son al menos gestos diferenciadores de sacos y corbatas igualitos. ¿Acaso el dinero está peleado con la iro- nía, con el sarcasmo?
Insultarnos unos a otros es un ejercicio saludable. De verdad. Fortalece nuestros mecanismos neuronales y agiliza el proceso de responder a cuestionamientos incómodos. A fin de cuentas, el insulto inteligente es una muestra de sofisticación. Sólo un consejo: hay que dejar fuera de esta esgrima al jefe, porque podría acarrear consecuencias muy desagradables.
EL AUTOR RECIBE CONSTANTES INSULTOS, AUNQUE NO ENTIENDA ALGUNOS.

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