Durmiendo con el enemigo


Nunca hables mal ni desdeñes a tus enemigos. El día más inesperado podrías terminar durmiendo con ellos.
¿Qué haces ahí, coqueteando con el diablo?, es lo primero que te dicen. No hay manera de que ese grupo heterogéneo, llamado Friends & Family, se ponga siquiera de acuerdo. Todos te aconsejan, pero cada consejo se contrapone con el otro. Al final, tras sendos interrogatorios, algunos te aplican el “es- coge lo que sea mejor para ti”; mientras otros te infunden más temor: “No les vayas a regalar tantos años de trabajo.” Gracias. Muchas gracias a todos aquellos que contribuyen con su granito de arena a ese océano de confusión.
Como sea, cualquier cuestionamiento sobre la decisión de pasarte a las filas del enemigo sólo contribuye a canalizar la reflexión: lo prohibido siempre es atractivo. Un buen día, cuando menos lo esperas, asomas las narices en el mismísimo infierno. Te hablan tanto de ese lugar, tan lejos de tierra santa, que la primera vez que recibes un telefonazo el estómago se arruga como ciruela pasa.
Sería lindo no tener que tomar decisiones difíciles. Pero, como dicen los abuelos, la vida supone una permanente elección. Una siesta basta para que alguien más elija por ti. ¿Vas, de verdad, a firmar con Los Otros? Clases de yoga y lecciones de piano, antes que nada, porque los siete express cortados diarios no ayudan a combatir los insomnios, de rigurosos 2 a 4 de la mañana con la mente ametrallada. Después de semanas de caminar como zoombie por los pasillos de la oficina y el jardín de la casa, ¡touché!, el cielo se despeja. Ya, por Dios, empaca.
Y de repente estás ahí. El primer día es idéntico al que vive el niño nuevo de la escuela (¿o será más bien el nuevo profesor de matemáticas?): tú sonríes a todos, mientras sabes que te observan como al ejemplar más reciente del zoológico. Lo importante es que nadie se dé cuenta que mueres de terror, porque cuando asomas la cabeza al escenario sufres un panic attack. Camina con seguridad y no abras la bocota: escucha a los demás, asiente y llévate toda la información para procesarla durante los insomnios.
Empiezas a descubrir cosas muy pronto. Con la mochila cargada de prejuicios, te enfrentas con la verdad: el enemigo no es como lo pintan. En vivo y a todo color, es más grande, más sólido y, sí, más retante y divertido. A los cinco minutos aprendes, con esa humildad que se había ido disipando peli- grosamente ahí donde las vanidades arden en hogueras interminables, que no hay un solo modo de hacer las cosas y alcanzar buenos resultados. Nada más fructífero que sacudirse el polvo de la arrogancia, aunque suene a remedio instantáneo de psicología light. Ya estás del otro lado de la trinchera. Y estás más vivo que nunca.
¿Paranoia ante la competencia? Ja. Como dicen los clásicos: no es lo mismo el pizarrón de Harvard que el metro Pino Suárez.

EL AUTOR ALIVIÓ CUALQUIER BROTE DE SENTIMIENTO DE CULPA CON DOSIS EFÍMERAS DE YOGA Y PIANO.

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