Cazadores de congresos


Una mirada envidiosa a todos aquellos que pasean de un foro a otro, sin pausa.
Para que no se me malinterprete, lo digo con toda claridad desde el inicio: les tengo envidia. Me gustaría tener el tiempo y el dinero suficiente para ser como ellos y viajar de un destino a otro, en ese eterno paseíllo de un congreso a otro, sin más equipaje que centenas de tarjetas de presentación. Me refiero, por supuesto, a los cazadores de ferias, foros y expos; a esos nómadas corporativos que viven en éxodo permanente, alojados en buenos hoteles, sin más quehacer que estrechar manos de gente famosa e intercambiar algunas palabras, preocupados solamente de que se les vaya a pasar la fecha del siguiente evento.
—Me voy a Jordania —me dijo recientemente un amigo, fiel miembro de este clan.
—¿A qué vas? —Al Foro Regional del World Economic Forum. —¿Para? —Creo que será interesante y haré buenos contactos. —¿Para? Tú no haces ningún negocio en esa zona. —Para lo que sea. Uno nunca sabe. Ahí está el punto. ¡Son tantas las ocasiones en que ni siquiera saben a lo que van! El objetivo último es estar presente, como en restaurante o bar de moda: ver y ser visto (porque a eso se reduce el dilema “hamletiano” en sus vidas). Así, el tiempo es un factor válido sólo para empacar maletas y llegar a tiempo al aeropuerto para el siguiente foro disponible, sin importar dónde se celebre.
Para ser justos, hay realmente dos géneros en los cazadores de congresos: los que legítimamente acuden en busca de nuevos conocimientos, aplicables a su profesión y actividad; y los que aman la ilusión de los reflectores efímeros, necesita- dos de esa sensación de comunidad que tanto requerimos los seres humanos. Para efectos prácticos, estas líneas se refieren a los segundos.
Como mi amigo, que pronto se va a Jordania, hay muchos invierten cantidades respetables en comprar su pase de entrada a las grandes celebraciones de la retórica, dentro y fuera de México. Así, su agenda electrónica está cargada con los croquis de hoteles, centros de exposiciones y recintos feriales, en los que se mueven como peces en el agua. Llegan a tal nivel de expertisse en esos menesteres que te recitan de memoria los currícula de conferencistas y citan pasajes de las cátedras magistrales cual si fuesen las obras maestras de Octavio Paz. Por supuesto, se saludan unos a otros con la familiaridad que sólo otorga el acudir con una constancia inmaculada, y hablan de las reuniones de El Cairo, Veracruz, Davos, Nueva York, Buenos Aires, Bombay, Bruselas y Valle de Bravo con la misma identificación social con la que los demás conversamos acerca de las películas vigentes en la cartelera.
No importa cuán lejos están los foros y congresos de ate- rrizar en conclusiones específicas y prácticas: la retórica tiene su encanto. Y el mayor de todos es que no obliga a adquirir molestos compromisos, que terminen por obligar a estos nómadas del siglo XXI a ocupar su tiempo en atender asuntos más mundanos. Eso sí sería horrible.

EL AUTOR NO TIENE AGENDADO NINGÚN VIAJE PRÓXIMO A JORDANIA.

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