Aforismos del engaño


En medio de una entrevista con un reconocido CEO de una multinacional, el hombre se puso de pie, apagó mi grabadora y me dijo: “Le voy a revelar la clave del éxito en la conduc- ción de una empresa. Se trata de desarrollar el arte de mentir, de manera que hasta uno mismo se cree sus propios engaños. No hay otra manera de construir credibilidad que no sea mintiendo.”
Creo que desde ese día, siempre que escucho a un gran empresario, mi escepticismo crece exponencialmente. Aunque si lo tomo al pie de la letra debo entender que, al decir- me esa máxima, me mintió, logró el efecto de dejarme suficientemente confundido. Es bien sabido que el poder de la mentira radica en su constante repetición. Así, de repente, se vuelve verdad. Pero también creo que tiene su desencanto eso de ponerse a pensar en que muchos de los grandes líderes de negocios (especialistas natos en el engaño al prójimo) sean embusteros que se creen sus propias historias, por inve- rosímiles que parezcan.
“Los hombres son de mente tan simple, y sus necesida- des inmediatas los dominan de tal manera, que el hombre engañoso siempre encontrará a muchos dispuestos a dejarse engañar”, escribió Nicolás Maquiavelo (1469-1527). Traído al momento actual, los aforismos cortesanos de los siglos XV, XVI y XVII adquieren un tono muy vigente en voz de gente como Robert Greene (un estadounidense con ideas de Ma- quiavelillo posmoderno), autor del libro de Las 48 leyes del poder: “Desconcierte a la gente y manténgala en la mayor ignorancia posible, sin revelar nunca el propósito de sus accio- nes. Si no tienen la menor idea de qué es lo que usted quiere lograr, les resultará imposible preparar una defensa.” La idea, hoy, es conducir a la gente por el camino de las falsas suposiciones y envolverlos en nubes de humo. El ingrediente activo de la manipulación es el engaño, mientras más simula- do, mejor. Que nadie sepa jamás si se dice la verdad. Qué más da. “Que no te consideren un tramposo, aunque hoy sea imposible vivir sin serlo. Haz que tu mayor radique en encu- brir lo que parece ser una actitud astuta”, escribió Baltasar Gracián. Los mejores burladores de la historia (recordemos a Talleyrand, ministro del exterior de Napoleón Bonaparte) hacen todo lo que está a su alcance para encubrir su carácter de bribones. Se trata de cultivar un aire de franqueza en cierta área —sin mayores repercusiones, por supuesto— para disimular sus acciones en otra. La sinceridad se vuelve un mero señuelo entre todas las armas de sus arsenales.
Se trata, a fin de cuentas, como lo entiende aquel CEO que nunca supe si me mintió, de transformarse en alguien impredecible, con el fin de burlar sistemáticamente a los demás. Ciertas actitudes, calificadas por los demás como ilógicas o incoherentes, son muy prácticas para —llevadas a extremos— despertar terror en la gente, que se volverá loca intentando entender un juego que no tiene más reglas que las que impone la cabeza de la empresa.
Sobrevivir en el mundo corporativo es un reto continuo, complejo. Quizá las palabras de Jean de La Bruyére son las que mejor lo definen (aunque hayan sido escritos hace cinco siglos): “Un hombre que conoce la corte es amo de sus gestos, de su mirada y de su rostro; es profundo, impenetrable; disimula los malos oficios, sonríe a sus enemigos, controla su irritación, disimula sus pasiones, niegas sus afectos, y habla y actúa contra sus sentimientos.” Sigamos todos mintiendo, que por ahí alguien nos creerá.

EL AUTOR YA NO SABE QUÉ ES VERDAD NI QUÉ ES MENTIRA DENTRO DEL SIEMPRE COMPLEJO MUNDO CORPORATIVO

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